La Medialuna


Robert Enke, el miedo al fracaso y el amor a una vida

El medio al fracaso alguna vez ha atenazado a todo ser vivo que se precie. Pasando por el más indeciso hasta el más seguro, todos en algún momento de nuestra vida nos hemos visto amenazados por las dudas de no poder lograr el objetivo propuesto o, simplemente, superados por el éxito que pretendíamos alcanzar. Sin embargo, el problema no está aquí. La situación comienza a ser grave cuando el miedo al fracaso te domina y te gana la partida. Un ejemplo de ello es Robert Enke, quien dijo adiós con el éxito ya en la mano pero con el miedo a un mayor golpe de fracasar todavía en la mente.

Enke nació en la antigua RDA y nunca copó las portadas de los periódicos como principal protagonista, aunque tampoco lo buscó. Únicamente quería disfrutar de la vida y el fútbol. Tras unos inicios un tanto complicados, el meta logró fichar por el Barcelona en verano de 2002 después de muchos años de trabajo en los que pasó por el Benfica, Borussia Mönchengladbach y el Carl Zeiss Jena. Sin embargo, el alemán no sabía que en ese momento había comenzado el inicio de su fin.

Enke era una persona muy disciplinada y, como todos, ambicionaba el éxito. Sin embargo, cualquier detalle, por mínimo que fuera, que desviaba algo el camino hacia la ansiada cima era un golpe para el meta. Así, en plenas negociaciones con el Barça, hubo un momento en el que las relaciones estuvieron casi rotas y, con ellas, frustrada su llegada al Camp Nou. La posibilidad de que finalmente se viera trabada su llegada a uno de los grandes de Europa comenzó a solar a un Enke  que no paraba de preguntarse por qué se había llegado a ese punto. Qué era lo que había hecho él mal. El miedo al fracaso comenzó a pasar por su puerta y consigo trajo los indicios de una depresión que acabaría con su vida. 

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Aunque, como ya he comentado antes, finalmente Robert logró recalar en la Ciudad Condal en el verano de 2002. Tras una pretemporada en la que disputó por hacerse con la portería blaugrana junto con Roberto Bonano y Víctor Valdés, Louis Van Gaal decidió alinear como titular, contra todo pronóstico al jovencísimo Valdés dejando a Enke en el banquillo y a Bonano en la grada. Para el alemán esto no fue más que otro duro revés que comenzaba a quebrantar su confianza. Sin embargo, el portero tenía la Copa para demostrar que era lo suficientemente válido como para ser titular en aquel equipo.

La primera eliminatoria del torneo del ko, a partido único, deparó el enfrentamiento del Barcelona con el débil Novelda de 2ªB. Pero lo que en un principio parecía un trámite se convirtió en una pesadilla. Tres goles de Madrigal dieron el triunfo por 3-2 al Novelda y dejaron fuera de la competición al Barça. Entonces Van Gaal le puso la cruz y apenas volvió a contar con él. Tanto que Bonano, en un principio tercer portero, acabó haciéndose con la titularidad.

En enero de 2003, Van Gaal fue cesado y su lugar en el club lo ocupó Radomir Antic. Sin embargo, el serbio prefirió seguir contando Bonano. Aun así una expulsión propició que el alemán pudiera demostrar a Antic que verdaderamente servía para el Barcelona. Pero no aprovechó el guiño que le hizo el destino y, tras encajar dos goles contra Osasuna, Radomir también le puso la cruz y acabó la temporada en la grada. Aalgo que no hizo más que hundir a Enke.

En verano de 2003, el Barça le comunicó que no contaba con él y tuvo que hacer las maletas rumbo al Fenerbahçe. Pero en Turquía no hizo que languidecerse aún más y su depresión no hacía más que aumentar. Cada balón que se le acercaba a su portería era una auténtica pesadilla. ¿Sería capaz de atraparlo? ¿Si le encajaban un gol significaba que ya no servía para el fútbol? ¿el no triunfar significaba que era un fracasado?

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Pese a ello, Enke comenzó a recuperar la sonrisa en enero de 2004, cuando fue cedido por el Barcelona al Tenerife. En Canarias, además, el meta llegó a afirmar que allí había encontrado verdaderos amigos, no como en su época en el Barça. Esta experiencia fue clave en su  recuperación, pues tras dejar el conjunto chicharrero firmó en junio por el Hannover 96, donde relanzó su carrera. Tanto que llegó a ser convocado por la selección alemana y se rumoreó con su fichaje por el Bayern de Munich.

Sin embargo, la diosa fortuna, siempre tan caprichosa, le volvió a golpear justo cuando mejor se encontraba. Y es que hace tres años su hija Lara, de dos años de edad, murió como consecuencia de una dolencia cardiaca congénita. Este hecho hizo que el fantasma del fracaso volviera a aparecer en la vida de Enke. ¿Qué es lo que había hecho mal? ¿Por qué era tan cruel el destino con él?, se preguntaba una y otra vez el teutón. Este hecho hizo que cada gol que encajaba se convirtiera en una odisea para él, pues significaba que seguía fracasando. Además, cada mañana la pérdida de la pequeña Lara parecía más insuperable Aun así delante de los amigos parecía estar bien y nadie hacía presagiar su trágico final, pese a que por dentro estaba totalmente destrozado. Así hasta que llegó un momento que dijo basta y no le quedaron más fuerzas que para escribir una carta y poner punto y final a una vida en busca de otra en la que sabía que el fracaso nunca le volvería a amenazar: la de Lara. DEP

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Barbosa, “O goleiro maldito”

Aquellos que piensan que el fútbol no es más que un mero deporte o una simple distracción para tener a la sociedad contenta es que no conocen la historia de Moacir Barbosa. Un hombre que durante toda su vida fue condenado por la sociedad brasileña. Su pecado: haber encajado un gol.

El Mundial de 1950 disputado en Brasil tenía un claro favorito y ése no era otro que el conjunto anfitrión. Barbosa, Augusto, Juvenal, Bauer, Danilo, Bigode, Friaça, Zizinho, Ademir, Jair y Chico conformaban un once que parecía predestinado a hacer historia y levantar la Copa del Mundo. El campeonato en aquellos años no se disputaba como en la actualidad y el título se disputaba entre el mejor de una liguilla de cuatro.

A Brasil, después de haber goleado a España e Inglaterra, le valía un empate en la última jornada contra Uruguay para proclamarse campeón, algo que parecía sencillo. 173.850 personas fueron a Maracaná a ver el decisivo partido contra los charrúas. El encuentro transcurría con empate a uno –resultado que le valía a Brasil- hasta que a falta de diez minutos para la conclusión llegó la tragedia.

Ghigia batió a Barbosa y estableció el 1-2 en el marcador, que a la postre no se movería y dio el título a Uruguay. La derrota sumió a Brasil en una decepción inexplicable que llevo, incluso, a cientos de personas a suicidarse. Lo único que aprendió la afición de esa derrota es que tenía un culpable: Barbosa, al que bautizaron como “O goleiro maldito”.

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A partir de entonces el meta, de los mejores que ha dado Brasil a lo largo de toda su historia, fue duramente criticado por la prensa y la sociedad comenzó a hacerle el peor desprecio que se le puede hacer a una persona: el vacío. Allá por donde fuera Barbosa era señalado con el dedo, no se paraba de hablar a sus espaldas y la gente tenía miedo de tener contacto con él para que no les gafara.

De hecho, durante el Mundial de 1994 se acercó al hotel en el que se concentraba la selección brasileña y fue expulsado por un  directivo de la Confederación de fútbol del país al enterarse de la noticia. “Llévense de aquí a este señor, trae mala suerte”, le dijeron a los guardias.

De hecho, antes de su muerte, Barbosa confesó que un día en la década de los ochenta comprando en un supermercado una señora se le quedó señalando mientras le decía a su hijo: “Mira ese fue el hombre que hizo llorar a todo un país”. Moacir no lograba entender el por qué de esos comentarios cuando había pasado tanto tiempo desde la final del 50 y llegó a pensar que vivía en una cárcel: “En Brasil la pena que la ley establece por matar a alguien es de 30 años. Están por cumplirse 50 de aquella final y yo sigo encarcelado: la gente todavía dice que soy el culpable. Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.

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Finalmente, murió a los 73 años en abril de 2000 con la sensación de nunca haber recibido un perdón por parte de que aquellos que tanto le maltrataron con sus comentarios. Sus últimos días los pasó trabajando como empleado de mantenimiento en Maracaná, se encargaba del buen estado del césped. Con el paso de los años se decidió cambiar las porterías y Barbosa pidió aquella en la que le Ghigia le condenó para el resto de su vida.

Hay quien comenta que lo hizo para volver a jugar dicho partido en el cielo, atajar el balón que entonces no pudo y recuperar así una sonrisa a la fue condenado a renunciar por lágrimas hasta el fin de sus días.



El lunar de la séptima

La campaña 97/98 es recordada por todos los aficionados al Real Madrid con fervor y admiración por ser en la que el “rey” de la clase volvió a coger su corona y dejó de vivir de los recuerdos del pasado. El gol de Pedja Mijatovic contra la Juventus dio la ansiada séptima Copa de Europa al madridismo en una de las noches más felices de la historia del club de Chamartín. Sin embargo, pocos se acuerdan que a aquel equipo que hizo historia le sacaron los colores en Móstoles.

Corría el 23 de septiembre de 1997 y, debido a la ausencia de encuentros oficiales por los partidos clasificatorios para Francia 98 de las selecciones nacionales, el Real Madrid decidió aceptar la propuesta del modesto Móstoles, de la Tercera División, para jugar un partido amistoso. Sin embargo, lo que parecía una simple pachanga se convirtió en una pesadilla.

Los blancos, sin sus futbolistas internacionales, lograron presentar un equipo de garantías conformado por nueve jugadores de la primera plantilla y dos canteranos. Algo que, a priori, parecía más que suficiente para doblegar al débil Móstoles. Pero el equipo del sur de Madrid, al igual que sucediera en 1808 contra los franceses, confiaba en una gesta, un milagro y los bueno de los sueños es que a veces se cumplen. 

Fue el árbitro pitar el inicio del encuentro y los jugadores de Tercera parecían de Primera y viceversa. Así los 10000 espectadores que seguían el partido desde las gradas El Soto se miraban asombrados al ver el marcador con el que se había llegado al descanso: ¡3-0 a favor del Móstoles!

 En la segunda mitad continuó la locura y el partido acabó con 4-0. El gran Real Madrid, el gigante blanco, el equipo que era el actual campeón de Liga y se había propuesto conquistar Europa esta campaña había sido humillado por un pequeño equipo, un conjunto que sería capaz se salvar el año económicamente con la ficha de un único jugador del plantel blanco.

Es verdad que los de Chamartín no habían contado con sus mejores futbolistas, pero no valían excusas. “Estábamos andando por el campo”, señaló Petkovic, uno de los jugadores que aquella noche se enfundó la camiseta blanca pero que no supo cómo defenderla ante las ganas e ilusión del Móstoles.

Finalmente, la temporada acabó para el Real Madrid con el gol de Mijatovic y la gloria de la Copa de Europa. Nadie entonces se acordó de aquella noche de Móstoles , pero sí los azulones. Pues su triunfo cobró más importancia aún, pues un amistoso se pasó a convertir el algo histórico. No El pequeño se convirtió en gigante y eso no debe quedar olvidado en el baúl de los recuerdos.

Ficha del partido:

Móstoles: Santi, Sanz, Pizarro, Totó, Dani, Ramírez (Castro 46’), Somoza (Carretero 46’), Manolo (Patri 65’), Miguel ángel, Morris (Recio 68’) e Iñaki.

Real Madrid: Illgner, Secretario, Rojas (Mista 46’), Vaqueriza (Pareja 46’), Fernando Sanz, Redondo, Jaime, Canabal, Dani, Petkovic (Tinaia 70’) y Álvaro. ANOS_SEPTIMA_mayo_1998_Real



Luis Monti, el superviviente de Mussolini

La vida dicen que es una carrera en la que normalmente suele ganar el más fuerte. Aquel que pese a recibir muchos palos, sabe levantarse y seguir adelante. Un ejemplo de ello es Luis Monti, posiblemente el único jugador de la historia que nunca hubiera querido disputar dos finales de un Mundial.

Monti nació en Argentina en 1901, una época en la que el fútbol, tal y como lo conocemos hoy en día, comenzaba a dar sus primeros pasos. En la década de los años 20, donde todavía reinaba el amateurismo, Monti comenzó a destacar en el San Lorenzo de Almagro, pese a su juego duro. Por ello, fue llamado a la selección argentina y tiene el honor de haber marcado el primer gol del conjunto albiceleste en un Mundial: contra Francia en 1930.

Sin embargo, pocos días más felices tendría nuestro protagonista en los Mundiales. En aquella Copa del Mundo de 1930, la argentina de Monti llegó a la final contra Uruguay. Sin embargo, el día del partido decisivo Monti no era el mismo de siempre. Se le veía muy nervioso y retraído. Además, se le había visto llorar en el vestuario y no era de emoción precisamente. La razón de ello era que los días previos a la final el jugador había sido amenazado con que si ganaba Argentina la familia de Monti y el propio Monti lo sufriría.

Por ello, el siempre bravo y duro Monti se mostró durante el encuentro muy manso y blandó. Su compañero Pancho Varallo lo tenía claro: “Si un uruguayo se caía, él lo levantaba. Monti no debió jugar aquella final, estaba muerto de miedo”. Finalmente, Uruguay ganó 4-2 y Monti salvó la vida pero los argentinos lo odiaron para siempre. Los aficionados comenzaron a llamarle maricón, cobarde y demás improperios cada vez que se lo cruzaban.

Por ello, cuando meses después recibió una proposición para que se nacionalizara italiano, y así jugar con la selección trasalpina, no se lo pensó dos veces: aceptó. Sin embargo, el tiempo demostró que no era una casualidad que jugara con los ‘azzurri’. Mussolini estaba obsesionado con que su país ganara el Mundial de 1934 y estaba convencido de que con Monti en su equipo aquello sería más posible.

De hecho, las amenazas que recibió Luis antes de jugar la final del Mundial de 1930 procedían de italianos que querían crear un ambiente de tensión en torno al futbolista para que éste así, con la opinión pública en su contra, aceptara la proposición de jugar para Italia. Los espías Marco Scaglia y Luciano Benti fueron los que llevaron a cabo todo el proceso de intimidación. Incluso, se rumorea que uno de ellos dos dijo las siguientes palabras sobre Monti antes de comenzar la final de 1930: “Dentro de 90 minutos sabremos si tendremos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”.

Ya en el Mundial de 1934, Il Ducce se encargó de amenazar de muerte a todo aquel que pudo, incluidos sus propios jugadores, con tal de que Italia ganara. Así no extrañó que el campeonato fuera bochornoso en cuanto a lo que el arbitraje se refiere. Especialmente en los cuartos de final, donde Italia se medía a España. En dicho encuentro los transalpinos se emplearon con una gran dureza que no fue sancionada por el árbitro. Tal fue el caso que el encuentro acabó en empate (1-1) y España tenía para el replay, que perdió a siete jugadores lesionados.

Incluso los propios italianos reconocieron que no habían jugado limpio. “Menos mal que ganamos. Mejor dicho, ganó Monti. Les pegó a todos, creo que hasta al seleccionador español. El árbitro no vio nada en el gol de Meazza y los españoles le querían matar. Pero eligió: si lo anulaba le mataban los italianos”, indicó Orsi, otro de los argentinos nacionalizado italiano.   

En las semifinales, otro bochornante arbitraje propició que los anfitriones derrotaran a Austria y así se plantaran en la gran final contra Checoslovaquia. El día antes de jugar el decisivo encuentro, Mussolini bajó a la zona de vestuarios y les espetó lo siguiente a los jugadores: “Señores, si lo checos son correctos, seremos correctos. Eso ante todo. Pero si nos quieren ganar a prepotentes, el italiano debe de dar el golpe y el adversario caer. Buena suerte para mañana y no se olviden de mi promesa”. Al finalizar su discurso, se llevó las manos al cuello simulado el gesto de un corte. 

Ya durante el encuentro, a los italianos se les notaba muy nerviosos. Sabían que en cada balón su vida podía estar en juego y les podía la presión. Al descanso se llegó con 0-0 y Mussolini, fue a hablar directamente con el seleccionador, Vittorio Pozzo: “Señor Pozzo, usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”.

Tras esto, Pozzo, preso de la desesperación, advirtió a sus jugadores de lo que supondría perder aquella final: “No me importa cómo, pero hoy deben ganar o destruir al adversario. Si perdemos, todos lo pasaremos muy mal”. Durante la segunda mitad, se mascó la tragedia: Pue adelantó a los checoslovacos en el minuto 70, con apenas 20 para reaccionar. 

Sin embargo, finalmente Orsi empató el choque y los italianos explotaron de júbilo. En la celebración del tanto, Orsi notó que Monti le estaba dando patadas como un loco y le dijo: “Quieto, Luis, no me pegues más, que no soy un rival. ¡Deja de darme patadas!”. A lo que Monti le respondió: “Es que nos salvaste la vida”. Ya en la prórroga Schiavio marcó el gol definitivo que estableció el 2-1 para Italia. Entonces Monti resopló y supo que podía estar tranquilo. En cuatro años había jugado dos finales amenazado de muerte y había logrado salir vivo de la experiencia.



Sindelar, “El Mozart del fútbol”

Hoy en día, hablar de Austria no es sinónimo de hacerlo de una gran potencia futbolística. Más bien podríamos decir lo contrario. Sin embargo, hubo un tiempo en el que la selección austriaca fue temida por todos y tenía un jugador que destacaba por encima del resto: Mathias Sindelar, el Mozart del fútbol.

 Sindelar nació en 1903 en la región de Moravia, actualmente en la República Checa y por aquel entonces territorio del Imperio Austrohúngaro. Desde muy joven apunto maneras de ser un gran futbolista. De hecho, debutó en la Primera División en 1918, con sólo 15 años, con el Hertha de Viena mientras trabajaba a la vez como aprendiz de mecánico.

 Sin embargo, una grave crisis financiera arruinó al club y éste tuvo que desparecer. Por ello, Sindelar se marchó al Austria Viena, donde consiguió sus mayores éxitos a nivel de clubes. Sus grandes actuaciones hicieron que recibiera el sobrenombre del “Mozart del fútbol” o “el hombre de papel”. Pese a ello, donde más destacó fue en la selección austriaca. Dirigida por Hugo Meisl y con jugadores como Sindelar, Platzer, Schall y Vierti, Austria recibió el apodo de “Wunderteam” (equipo maravilla).

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 En el Mundial de 1934 iban camino de hacer historia hasta que en semifinales se toparon con el anfitrión, que les dejó fuera de la final tras un bochornoso arbitraje. Desde el principio del campeonato estaba claro que ese Mundial iba a quedarse en Italia y ni Sindelar ni nadie pudo evitarlo.

 Así de claro lo dejó Benito Mussolini antes de comenzar el torneo en una charla con el general Vaccaro, presidente del Comité Olímpico de Italia:

 BM-General, Italia debe de ganar este Mundial que se juega en nuestra casa

V-Haremos todo lo posible, Duce

BM-Creo que usted no me ha entendido bien, general. He dicho que Italia debe ganar este Mundial. Tómelo como una orden.

 Aun así, Sindelar y sus compañeros supieron reponerse al golpe y lograron la medalla de plata en los JJ.OO. de Berlín en 1936 sin pensar que sus tiempos felices estaban cerca de acabarse. En 1938, el ejército nazi invadió Austria, anexionándola a Alemania, el Anschluss. Entonces, se obligó a los jugadores austriacos a que formaran parte de la selección alemana.

 A Hitler el fútbol no le importaba mucho y, si por él hubiera sido, habría acabado con todos los jugadores de aquella magnífica selección. Sin embargo, el fracaso en los JJ.OO. de Berlín y las palabras de Joseph Goebbels -“Ganar un partido es más importante para la gente que capturar una ciudad del Este”-, acabaron por convencer al dictador y Sindelar fue llamado para defender los colores alemanes.

A Sindelar no le hacía ninguna gracia jugar con otra selección que no fuera la austriaca y, sobre todo, defender a un régimen al que se oponía. Sindelar sabía que el renunciar públicamente a la selección alemana era sinónimo de traición y que sus días estarían contados. Por ello, siempre que fue convocado simuló lesiones para no poder jugar.

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Para celebrar el Anschluss, el 3 de abril de 1938 se disputó un partido entre alemanes y austríacos, a los que le denominaron “Marca Oriental”. Sindelar accedió a disputar el encuentro, aunque antes de comenzar el partido las autoridades germanas les advirtieron que como no se dejasen ganar tendrían que atenerse a unas fatales consecuencias.

Comenzó el partido y durante la primera parte Sindelar no marcó pero hizo algo que les sentó peor a los nazis: les despreció. Sindelar cogía el balón y se regateaba a todo aquel que se interpusiera en su camino, llegaba a la portería, se daba la vuelta hacia el medio campo y volvía a comenzar otra vez.

Así fue hasta que en el minuto 70, en el Sindelar marcó un auténtico golazo de vaselina que celebró bailando delante de las autoridades germanas. El público enloqueció y comenzó a gritar  “¡¡Österreich, Österreich!!” -¡Austria, Austria!-. Aunque el clímax de la cita llegó con el partido cerca de la conclusión. Sesta marcó el 2-0 desde el medio del campo y Sindelar se dirigió al palco de autoridades, repleto de dirigentes del III Reich, esperó a su amigo y bailó un vals.

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Los dirigentes alemanes no podían consentir tal humillación y, por ello, ordenaron a la GESTAPO para que persiguiera a Sindelar y lo matara. Sindelar tuvo que esconderse y el 23 de enero de 1939, días después de que un compañero delatara su paradero, su cuerpo fue hallado muerto junto al de su novia.

Las causas de su muerte, aún hoy, no son claras. Algunas versiones apuntan a un suicidio mediante una inhalación de gas y otras a un accidente. A su entierro acudieron miles de persona y, actualmente, su tumba sigue siendo de las más visitadas en Austria. Se le homenajeó poniendo a una calle el nombre de Laaerberga Sindelarstrasse y el poeta Fiedrich Torberg le dedicó una “oda a la muerte de un futbolista”:

 

Jugaba al fútbol como ninguno,

ponía gracia y fantasía,

jugaba desenfadado, fácil y alegre,

siempre jugaba y nunca luchaba.

Era un hijo de Favoriten

y se llamaba Matthias Sindelar.

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Duncan Edwards, la primera gran estrella de Old Trafford

Hoy en día, el Manchester United es uno de los clubes con más aficionados en el mundo. En Inglaterra son muchos, pero en Asia éstos son una legión. Sin embargo, si a muchos de estos últimos le preguntamos por un crack del United, a buen seguro, dirán un montón de nombres pero ninguno será el de Duncan Edwards. No sucede lo mismo si vamos por Old Trafford, donde nombrar al inglés es sinónimo de admiración y leyenda. De hecho, el escocés Tommy Docherty fue uno de los que alabó con más contundencia al extremo: “Muchos hablan de Pelé. Esos no vieron jugar a Duncan Edwards”.

Nacido en Dudley –Inglaterra- en 1936, la vida de Duncan Edwards desde sus inicios destiló un aroma a drama. Con apenas 10 años vio como su hermana, Carole Anne, murió. Pese al golpe, Edwards supo levantarse y se concentró al máximo en su gran pasión: el fútbol. Mientras jugaba en el equipo de su ciudad, el Dudley, el Manchester United realizó en el verano del 51 un fichaje que cambiaría su vida para siempre: Johnny Berry.

Los ‘Diablos Rojos’, años más tarde, se hicieron con los servicios de Edwards gracias a la buena gestión y el olfato de Bert Whalley. Así el 4 de abril de 1953, con sólo 16 años, debutó con el Manchester contra el Cardiff y se convirtió en el futbolista más joven en debutar en la máxima competición inglesa. En pocos partidos, gracias a su innegable calidad, se convirtió en el referente de los Busby Babes -los bebés de Matt Busby (técnico del United)-, un equipo predeterminado a hacer historia tanto en las islas como fueras de ellas.

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Sus grandes actuaciones tampoco pasaron desapercibidas para la selección, de la que fue el debutante más joven hasta la irrupción reciente de Wayne Rooney y Theo Walcott. En Inglaterra confiaban en él para que con su liderazgo llevara a los ‘Pross’ a conquistar el Mundial del 58, mientras que en el Manchester estaban seguros que la camada de jugadores liderada por Edwards podía hacer frente al hasta entonces intratable Real Madrid, que sumaba por victorias todas sus participaciones en la Copa de Europa.

Sin embargo, el destino no le dio la oportunidad de intentar estos éxitos. El 6 de febrero de 1958, el United se disponía a partir a Manchester desde Belgrado tras haber eliminado al Estrella Roja en los cuartos de final de máxima competición continental. Sin embargo, a la hora de despegar los ingleses se encontraron con un problema: Johnny Berry había perdido su pasaporte y las autoridades serbias no le dejaban salir del país junto a su equipo, que no quería partir sin que Berry estuviera entre sus filas.

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La acción era un guiño del destino para salvar a un equipo de ensueño. Sin embargo, los dirigentes de los ‘Diablos Rojos’ no lo vieron así y forzaron para que Berry subiera a aquel avión y el conjunto de Matt Busby regresara a casa. Aunque, antes de regresar a Gran Bretaña, el vuelo debía de hacer una escala en Munich para repostar. El tiempo aquel día era el típico del invierno alemán: el viento era muy fuerte y la pista de aterrizaje estaba helada.

Una vez hecho el reportaje se aconsejó al capitán del avión, James Thain, que no despegara debido a las condiciones climatológicas. Thain no hizo caso y realizó dos intentos de despegue, pero se vio obligado a desistir debido a diversos problemas que sufrían los motores. En el tercer intento, a las 3:04 de la tarde, el avión falló al ganar la altura adecuada y se estrelló en unas tierras cercanas al aeropuerto. Años más tarde, se descubrió que el accidente fue culpa del aguanieve que había al final de la pista y no por la tozudez del piloto.   

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Pero no perdamos el hilo de la historia. El accidente provocó varios muertos y muchos heridos de gravedad, uno de estos últimos era Sir Bobby Charlton. Charlton por aquel entonces era un joven que destacaba y que tenía una gran amistad con Edwards. Una vez se despertó en el hospital, vio como su compañero de habitación le miraba con desolación mientras leía el periódico. Bobby le pidió que le leyera lo que ponía en la cabecera, donde se veían unas espeluznantes fotos de un avión destrozado. El alemán accedió y comenzó: “Roger Byrne, David Pegg, Eddie Colman, Tommy Taylor, Billy Whelan, Mark Jones, Geoff Bent”. Entonces se paró, se hizo el silencio y tras tragar saliva continuó: “Muertos”.

 Charlton no se lo podía creer, estaba conmocionado y se preguntaba cuál era la razón por la que sus compañeros habían muerto y él no. Una vez recuperado, se fue corriendo a ver Jimmy Murphy, ayudante de Busby. Éste le dijo que los que de los supervivientes había dos casos muy graves: Busby y Edwards. Sobre el técnico le contó la gran fortaleza que estaba mostrando pese a lo mal que lo estaba pasando: “Tres veces le han dado la extremaunción, Bobby, tres veces… pero ese hombre no se va a rendir, te lo aseguro”. No se equivocó, pues finalmente sobrevivió. 

La situación de Edwards era diferente, aunque seguía estando loco por volver a jugar pese a estar entre la vida y la muerte. “Jimmy, una pregunta ¿A qué hora es el partido contra los Wolves? Ese partido no me lo quiero perder de ninguna forma. ¿A qué hora jugamos?”, dijo nada más recuperar la consciencia. Sin embargo, había perdido mucha sangre y necesitaba un riñón para poder seguir vivo. A las 32 horas de su ingreso en el hospital le hicieron el transplante que necesitaba. Pero su sangre se había coagulado y el riñón nuevo no respondió como se esperaba y le provocó una sangría interna que le estaba destrozado por dentro y le había dejado sin habla.

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En esa situación Charlton se acercó a verle. El ‘Divino Calvo’ se quedó muy sorprendido al ver en un estado muy demacrado a su amigo. De hecho, de no ser por la placa que ponía en su cama no le habría  reconocido. Edwards le contenía de manera fría la mirada, contuvo la respiración durante unos minutos y, tras varios días sin habla, abrió la boca como si llevara tiempo reservando sus últimas palabras para alguien tan especial para él como lo era Bobby. “Dime Bobby… ¿por qué has tardado tanto?”, le espetó. Finalmente su cuerpo dijo basta y el 21 de febrero murió en Munich sin poder regatear a su trágico final como antaño lo había hecho con sus rivales. 

En Inglaterra se celebró un funeral a la altura de un Jefe de Estado. El Manchester, por su parte, en el programa de su siguiente partido oficial, en la hoja en la que debía venir la alineación de los ‘Diablos Rojos’ no ponía nada, estaba en blanco. Era un tributo a Edwards y el resto de jugadores que perdieron la vida. No era justo que aparecieran otros nombres en el lugar de gente como Edwards, que desde su cama del hospital de Munich hubiera dado todo lo que pudiera por haberse enfundado una vez más la camiseta del United  y haberse despedido en casa con el aplauso de esa afilón que tanto le idolatró y por la que tanto luchó.

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Borgonovo, la sonrisa del lado oscuro del Calcio
Septiembre 22, 2009, 6:39
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Nunca fue un crack pero siempre dejó huella allí por donde pasó. Ya no mete goles, pero se levanta todas las mañanas soñando que algún día podrá volver hacerlo. Lo tiene todo en su contra, pero se niega a tirar la toalla. Ya no tiene todos los focos a su alrededor, pero si unas ganas con las que enseñar y dar luz a muchas incógnitas. Él es Stefano Borgonovo, la sonrisa del lado oscuro del calcio.

 Borgonovo, como todo niño que se precie, soñaba de pequeño con jugar algún día en la Serie A. Cumplió su objetivo pocos días antes de cumplir los 17 años al saltar al terreno de juego en el encuentro que el Como, su club, disputaba contra el Ascoli. Sin embargo, pese a disputar hasta 24 partidos con los ‘azzurri’, fue cedido en el verano del 84 al Sambenedettese, de la Serie B.

 La experiencia le ayudó a progresar y crecer como futbolista, tanto que el Como no dudó en reclutarle nuevamente en la campaña 85/86. Aquel año sorprendió gratamente a los ojeadores del Milan, que no dudaron en ficharlo, aunque lo dejaron cedido una temporada más en el Como. Pese a ello, Borgonovo no mejoró sus números y su rendimiento decreció con respecto a como lo había hecho en la 85/86. Tras esto, las dudas sobre si era aconsejable que se incorporara  al Milan asolaron a los dirigentes de San Siro.

 Por ello, finalmente, jugó a préstamo en la Fiorentina en la campaña 88/89. La decisión no pudo ser mejor, ya que el futbolista en la Fiore firmó sus mejores registros goleadores (14 tantos) y formó junto a Roberto Baggio una de las parejas atacantes más peligrosas del Calcio: la ‘B2’, como les bautizó la prensa. Además, redondeó su año debutando con la selección absoluta de Italia en un encuentro contra Dinamarca el 22 de febrero del 89, una de las pocas que tuvo en su carrera.

 Visto su rendimiento, en el Milan no tenían dudas: debía regresar sí o sí. Sin embargo, el conjunto lombardo se encontró con un problema: el jugador se había enamorado de la Fiore y de Florencia y se resistía a dejar la ciudad. Así pues Adriano Galliani resultó decisivo para que vistiera de ‘rossonero’ e intentara ocupar el hueco de Pietro Paolo Virdis.

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Aun así, su etapa en el Milan no fue muy placentera. Se lesionó de manera contínua y Arrigo Sacchi tampoco contaba mucho con él. No obstante, hay que señalar que en el vestuario de aquel Milan militaban jugadores como Baresi, Maldini, Rijkaard o Van Basten. Pese a ello, logró tener su minuto de gloria en el cuando decidió cambiarse el traje de secundario por el de protagonista el 18 de abril de 1990. Aquel día, gracias a una sutil vaselina de Borgonovo a Aumann, el Milan eliminó al Bayern y se clasificó para la final de la Copa de Europa que posteriormente venció al Benfica.

 

Sin embargo, sus días de gloria en Milán y, quizás también en el fútbol, se acabaron con aquella vaselina. En el verano del 90 regresó a su  añorada Florencia, pero como bien dice el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor” y su estrella no brilló como lo había hecho antaño en la Fiore. En el 92 dejó a los ‘viola’ y en el 96 colgó las botas tras haber pasado en ese tiempo por el Pescara, Udinese y Brescia.

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En 2008, después de haber comenzado a probar suerte como técnico de las categorías inferiores del Como, Borgonovo anunció que tenía esclerosis lateral amiotrófica (ELA en castellano y SLA en italiano). La enfermedad, también conocida como mal de Gehrig por ser el nombre de un jugador del béisbol que la sufrió a finales de los años 30, es degenerativa y atrofia poco a poco todos los órganos de la persona que la padece mientras que las capacidades mentales permanecen intactas.

Su caso levantó ampollas en Italia, ya que en el país transalpino comenzó a considerarse el fútbol como una profesión de riesgo. Los datos así lo afirman: la ELA se da en el 0,01% de la población mundial, sin embargo entre los futbolistas que jugaron en Italia entre las décadas de los 70, 80 y 90 tiene una incidencia del 2,7%. Los tifosi lloran ya la muerte de 39 hombres que antes fueron sus ídolos. 

Armando Segato fue el primer futbolista a quien se diagnosticó ELA, en 1968. Murió en 1971, a los 44 años. Otros nombres de esta lista son: Ernsr Ocwirk (Sampdoria, fallecido a los 43 años), Giorgio Rognoni (Milan, a los 40), Fabrizio Falco (Salernitana, 35), Guido Vincenzi (Sampdoria, 65), Narciso Soldan (Milan, 59), Rino Gritti (Lazio, 51), Albano Canazza (Como, 38 años), Gianluca Signorini (Genoa, 42), Fabrizio Dipietropaolo (Roma, 39), Lauro Minghelli (Torino, 31) o Ubaldo Nanni (Pisa, 44). El caso más célebre fue el de Signorini, capitán, centrocampista e ídolo del Génova, que murió a los 42 años, el 6 de noviembre de 2002, tras recibir un memorable homenaje en el Luigi Ferraris. 

Nadie sabe el por qué de esta macabra estadística. Por eso, el Fiscal de Turín, Raffaele Guariniello investiga la muerte prematura de 400 futbolistas de las Series A y B entre 1960 y 1996. La sombra del doping vuelve a aparecer y aquí el testimonio de Gianluca De Ponti, ex-delantero del Cesena, Avellino y Bologna en los setenta, además de uno de los afectados por la enfermedad, es brutal: “Son demasiadas casualidades. Nos metíamos de todo, Micoren, Cortex, Voltaren, e inyecciones, anti-inflamatorios, quién sabe lo que había dentro”. A lo que añade el siguiente testimonio no menos escalofriante: “En casa tengo una decena de fotos de equipos llenos de muertos, como una del Cesena que tiene más cruces que un cementerio”.

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Pese a ello todo son dudas pero con pistas que cada vez parecen más claras.Hay seis equipos ‘malditos’: Fiorentina, Torino, Genoa, Sampdoria, Como y Pisa. Casi todos los afectados son deportistas que han jugado a partir de 1980, fechas que coinciden con la entrada del dopaje moderno en los vestuarios. Otro dato intrigante es que la mayoría son centrocampistas y, por ejemplo, no hay un solo portero.

Borgonovo, en tanto, no se rinde. Ha creado una fundación con su nombre que lucha para investigar más sobre esta enfermedad y puede comunicarse con los demás gracias a una sofisticada máquina que lee el movimiento de su retina. Además, se niega a admitir que el deporte que tanto le hizo disfrutar sea el culpable de su estado: “Me resisto a pensar que se deba al fútbol”.

 Él, pese a estar totalmente inmóvil, intenta seguir dando signos de vitalidad y escribe artículos para la “Gazzetta dello Sport” pese a que hace ya mucho tiempo que no sabe lo que es sentir el tacto de una hoja o un bolígrafo sobre sus dedos. Lo hace siempre apoyado por su esposa, Chantal, de la que se enamoró en la plaza de San Giacomo y por la que se resistió a cambiar Florencia por Milán.

 Ni Milan ni Fiore se olvidan de él, y ya han disputado varios amistosos para recaudar fondos para su causa. Él mientras sigue su lucha y se agarra a la vida, por eso hay ciertas actitudes que no comprende. “Estoy molesto con Pessotto –ex jugador de la Juventus que se intentó suicidar- porque ha escrito un libro en el que decía que quería morir y yo estoy aquí, que sólo quiero vivir”,  ha señalado Borgonovo en más de una ocasión. Todavía tiene la esperanza de algún día poder volver a saltar a un terreno de juego por su propio pie. Habrá que tenerle en cuenta, pues nunca fue un crack pero, al igual que sucedió en la Copa de Europa del 90, se resiste a dar el partido por concluido y confía en que su esfuerzo valga la pena. El mundo de la pelota con él no ganó un gran futbolista pero si una gran persona que dejará más huella que cualquier otro jugador



Jacobo Urso: Dar la vida por un escudo
Septiembre 8, 2009, 0:19
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“Esto ya no es lo que era”. Esta afirmación, actualmente, se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida cotidiana. Uno de ellos es el fútbol, donde raramente un jugador pasa más de tres años seguidos en un mismo club. Sin embargo, siempre quedarán en la memoria futbolistas como Jacobo Urso, que demostró lo que significa amar una camiseta.

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De origen italiano, Jacobo Urso nació en Boedo (Argentina) en 1899, cuando el fútbol comenzaba a dar sus primeros pasos en el país sudamericano. Más tarde, en 1908, se fundó el San Lorenzo de Almagro de la mano del Padre Lorenzo Massa.

Un día, uno de los chicos que jugaba al balompié en la puerta de la Iglesia San Antonio, no vio que venía un tranvía y éste se estrelló de lleno contra otro al tratar de esquivarle. Enseguida, el chico se lanzó contra el conductor y lo insultó ante la mirada horrorizada del cura.

“Dentro de la iglesia, tengo un terreno. Si se animan a limpiarlo y a emparejarlo, les prometo que les hago fabricar los arcos para que puedan jugar ahí”, les dijo Massa a la banda de amigos del muchacho. Únicamente les puso dos condiciones: que siguieran el catecismo y que fueran los domingos a misa.

Los chavales cumplieron con lo acordado y de ahí surgió el San Lorenzo de Almagro. Años más tarde, Jacobo Urso conoció al Padre Massa y éste, sabedor de la afición del Urso por el fútbol, le invitó a que se uniera a los “cuervos”, nombre con el que es conocido el club en Argentina.

Así en 1915, con apenas 16 años, Urso se enfundó por primera vez la camiseta azulgrana para jugar de extremo izquierdo en la Sexta División. El ‘deporte rey’ no se profesionalizó en el país albiceleste hasta 1931, por lo que Jacobo compitió como amateur o, lo que es lo mismo, sólo por amor a una camiseta.

El 7 de mayo de 1916 cumplió un sueño al debutar en Primera División ante Estudiantes de La Plata, el día de la inauguración oficial del Gasómetro de Avenida La Plata (estadio de los azulgrana). Aunque su fútbol rozó su mayor nivel entre 1919 y 1920. Además de por su calidad, siempre fue muy aclamado por la afición por darlo todo sobre el campo.

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“No lo lamento por mi, sino por mi club que necesita de mis esfuerzos para escalar los puestos que faltan para colocarse San Lorenzo a la cabeza del campeonato, con las tribunas que hemos construido somos el mejor club de Buenos Aires”, declaró un día que no podía jugar al diario “El Telégrafo”.

El 30 de julio de 1922, San Lorenzo se enfrentaba con Estudiantes de Buenos Aires, en la cancha del barrio de Palermo. En este encuentro, ante la lesión de Luis Vaccaro, Jacabo Urso se vio obligado a jugar de mediocentro.

A los diez minutos del segundo tiempo, con 0-0 en el marcador, Jacobo fue a disputar una pelota en el medio campo contra dos rivales, Comolli y Van Kammenade. Sin embargo, sufrió un choque muy fuerte que le hizo quedarse durante varios minutos tendido en el suelo. Al reincorporarse, escupió sangre.

Al ver la gravedad del choque, el entrenador de Urso le animó a que abandonara el terreno de juego. Pero en esa época no existían los cambios y el salir del campo significaba dejar a San Lorenzo con diez jugadores, lo que para Jacobo resultó una ofensa

El centrocampista únicamente bebió un poco de agua y cogió un pañuelo que mordió para soportar mejor el dolor. Tras esto, siguió a lo suyo: dándolo todo para llegar a la victoria

A la media hora de la segunda parte, el pañuelo, blanco impoluto, ya estaba teñido de completamente de rojo por la sangre desprendida por un Jacobo al que el físico le empezaba a fallar. Sin embargo, sacó fuerzas de donde no las había para llegar hasta el fondo del campo y mandar un centro con la zurda que su hermano Antonio cabeceó a la red y que, a la postre, significó el triunfo para San Lorenzo.

Pero Jacobo no pudo celebrarlo, es más, puede que ni tan siquiera llegara a verlo, y es que, tras su asistencia, cayó desfallecido al suelo. Rápidamente fue trasladado al hospital Ramos Mejía, donde confirmaron que tenía una costilla fracturada, completamente hundida e incrustada en un pulmón.

Así, después de dos operaciones y una semana de agonía, el 6 de agosto su corazón dijo basta y tras 107 partidos (en los que anotó 6 goles) puso fin a su trayectoria como jugador de San Lorenzo. En el Gasómetro se erigió entonces un busto de bronce y una placa con su nombre, su fecha de nacimiento, la de su muerte y la de su hazaña hasta que éste fue derribado.

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Hoy en día el museo del San Lorenzo lleva su nombre, al igual que su corazón llevó para siempre marcados el rojo y azul de los “cuervos”. No ganó dinero, pero la gloria del triunfo le marcó para siempre.



La ilusión de Witkamp
Septiembre 1, 2009, 5:19
Archivado en: Fútbol, Uncategorized

La Supercopa de Europa es un torneo que todos ya nos hemos acostumbrado a ver siempre a finales de agosto. Su disputa significa el inicio de un nuevo curso futbolístico y el final de un verano cargado de soporíferos partidos amistosos. Sin embargo, los orígenes de la Supercopa de Europa poco tienen que ver con el glamour de Mónaco e, incluso, la propia UEFA.

 

Nos trasladamos a comienzos de la década de los 70. El fútbol total que fluía en Holanda tenía enamorado a toda Europa. Sobre todo, el Ajax de Johan Cruyff, que dominaba el viejo continente. Su fútbol era tan exquisito que un día Anton Witkamp, periodista de ‘De Telegraaf’, se le ocurrió que era injusto no tener más partidos en una temporada para poder disfrutar de este equipo.

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Por ello, consideró que era necesario crear un torneo que enfrentase a doble partido al Campeón de Europa -entonces lo era el Ajax de manera incontestable- con el de la Recopa. “El motivo es simple: disfrutar del Ajax y de Cruyff. La idea ha sido concebida en la era del fútbol total. nuestra era. Cuatro Copas de Europa seguidas entre Feyenoord y Ajax. Más que el dinero y la gloria, estos equipos persiguen el derecho a ser reconocidos como los mejores del continente”, señaló Witkamp para defender su idea.

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Sin embargo, a Artemio Franchi, presidente de la UEFA entonces, no le gustó nada este nuevo campeonato y decidió no darle oficialidad en el que caso de que se celebrara. Aun así, a Jaap van Praag, presidente del Ajax, le encantó la idea y convenció a sus homólogos del Glasgow Rangers –entonces campeón de la Recopa- el jugar estos dos partidos para ver quien era el auténtico ‘Rey’ del continente.

 

Así el 16 de junio de 1972 se disputó en Glasgow el encuentro de ida de la eliminatoria. El Ajax venció 1-3 y ya en Ámsterdam se impuso al cuadro escocés por 3-2. Al año siguiente, la UEFA ya le dio carácter oficial a un torneo que nuevamente volvió a ganar el Ajax. Aunque el que el torneo no se disputara con la temporada muy avanzada, más allá del mes de enero, indicaba que no todos le daban mucha relevancia.

 

La primera vez que la Supercopa de Europa se disputó a partido único fue en 1998, cuando el Chelsea –campeón de la Recopa- se impuso al Real Madrid por 1-0. Hasta entonces, y salvo en contadas ocasiones el ganador siempre se había decido a doble partido. No sabemos si Witkamp hoy estaría contento. Él no quería coronar a un nuevo rey, sino seguir disfrutando de los campeones.

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Un Real Madrid ¿De Segunda?

En la actualidad, hablar del Real Madrid es sinónimo de hacerlo de Glamour, gloria o éxito. Sin embargo, hubo un momento de la historia en el que todo pudo cambiar. Fue en el año 48, cuando el Real Madrid estuvo a un paso del abismo y comenzó a abrir los ojos para iniciar una época dorada.

 

Don Santiago Bernabéu, posiblemente, pasó su peor año como presidente del Real Madrid en la campaña 47/48. El máximo mandatario blanco había aterrizado en la Casa Blanca en 1943 y acaba de cumplir uno de sus sueños: construir uno de los mejores estadios de Europa, el Santiago Bernabéu, entonces conocido como Estadio Nuevo Chamartín.

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En él, Bernabéu esperaba que el Real Madrid recuperara la gloria que se le acaba de resistir por aquellos años en España, puesto que por aquel entonces apenas sumaba dos Ligas debido a que sus mayores éxitos habían llegado en la Copa. Sin embargo, el sueño de Don Santiago estuvo muy cerca de convertirse en pesadilla. La afición comenzó la campaña muy ilusionada y los merengues llegaron a tener 40000 socios, una cifra espectacular en aquellos años.

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En cambio, el equipo no acababa de carburar y deambulaba, jornada y jornada también en posiciones de descenso. Por ello,  Jacinto Quincoces, entrenador de los blancos, tuvo que ser relevado de su puesto tras haber obtenido cinco victorias, cuatro empates y ocho derrotas en 17 partidos. Le sustituyó el inglés Michael Alexander Keeping que llegó procedente del Fulham y durante su paso en España causó furor con su táctica WM.

 

keepingSin embargo, los comienzos del británico no fueron fáciles, ya que en su primer partido perdió contra el Nastic de Tarragona el 4 de enero de 1948. Partido a partido se fue viendo que el ‘efecto Keeping’ no era el revulsivo que necesitaba el equipo y la situación alcanzó tintes dramáticos cuando en la jornada 20, tras perder contra el Sporting en el Bernabéu, el Madrid pasó a ocupar el penúltimo lugar de la clasificación.

 

Las mofas contra el conjunto blanco se acrecentaron y especialmente célebre fue una esquela que apareció en un diario de la Ciudad Condal en 1948: “Descanse en paz el Real Madrid, con campo de Primera y equipo de Segunda”. Además, los capitalinos eran recibidos en los campos de España con cánticos de “a segunda, a segunda, a segunda”.

 

Tal fue el caso, que llegó la última jornada y el Real Madrid no tenía, ni mucho menos, asegurada la permanencia y tampoco daba buenas vibraciones para lograrla. El Madrid tenía sólo 19 puntos, estaba empatados a puntos con el Sabadell, sacaba un punto al a la Real Sociedad de San Sebastián y dos al Sporting de Gijón. Por lo que estaban obligados a ganar al Oviedo SÍ O SÍ. Sin embargo, los carbayones no eran el mejor rival ante el que jugarse la vida, pues tenían una gran delantera –conocida como la “Eléctrica”- con jugadores como Emilín, Herrerita y Lángara y había humillado a los capitalinos por 7-1 en la primera vuelta.

 

Por esto, el 2-0 final a favor del Real Madrid, y que sentenció a Real Sociedad y Sporting- despertó algunas dudas y más de uno aseguró que el Oviedo no plantó cara a los blancos debido a un sospechoso sobre en blanco que, supuestamente, había entregado Don Santiago a los asturianos. Sea como fuere, Bernabéu aprendió la lección y profetizó que, partir de entonces el Real Madrid sería espectacular y ganaría títulos.

Así, años más tarde, llegaron los ansiados títulos de Liga y muchas conquistas de la Copa de Europa. Los éxitos en esta última provocaron que el diario “The Times” les bautizara con el apodo de los vikingos por considerar que “el Real Madrid se pasea(ba) por Europa como antaño se paseaban los vikingos: arrasándolo todo a su paso”. Así pues, el destino –o los sobornos, que dirían las malas lenguas- concedió una segunda oportunidad al equipo blanco. Y todo ello porque un 11 de abril de 1948, Pruden, un delantero que pocos aficionados blancos recordarán, marcó dos goles al Oviedo que supusieron la salvación. Sin ellos, hoy, quizás no veríamos por Chamartín ni a Cristiano Ronaldo ni a demás cracks. Además, para más INRI, Prudén era un ex del Atlético de Madrid.

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