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Jacobo Urso: Dar la vida por un escudo

“Esto ya no es lo que era”. Esta afirmación, actualmente, se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida cotidiana. Uno de ellos es el fútbol, donde raramente un jugador pasa más de tres años seguidos en un mismo club. Sin embargo, siempre quedarán en la memoria futbolistas como Jacobo Urso, que demostró lo que significa amar una camiseta.

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De origen italiano, Jacobo Urso nació en Boedo (Argentina) en 1899, cuando el fútbol comenzaba a dar sus primeros pasos en el país sudamericano. Más tarde, en 1908, se fundó el San Lorenzo de Almagro de la mano del Padre Lorenzo Massa.

Un día, uno de los chicos que jugaba al balompié en la puerta de la Iglesia San Antonio, no vio que venía un tranvía y éste se estrelló de lleno contra otro al tratar de esquivarle. Enseguida, el chico se lanzó contra el conductor y lo insultó ante la mirada horrorizada del cura.

“Dentro de la iglesia, tengo un terreno. Si se animan a limpiarlo y a emparejarlo, les prometo que les hago fabricar los arcos para que puedan jugar ahí”, les dijo Massa a la banda de amigos del muchacho. Únicamente les puso dos condiciones: que siguieran el catecismo y que fueran los domingos a misa.

Los chavales cumplieron con lo acordado y de ahí surgió el San Lorenzo de Almagro. Años más tarde, Jacobo Urso conoció al Padre Massa y éste, sabedor de la afición del Urso por el fútbol, le invitó a que se uniera a los “cuervos”, nombre con el que es conocido el club en Argentina.

Así en 1915, con apenas 16 años, Urso se enfundó por primera vez la camiseta azulgrana para jugar de extremo izquierdo en la Sexta División. El ‘deporte rey’ no se profesionalizó en el país albiceleste hasta 1931, por lo que Jacobo compitió como amateur o, lo que es lo mismo, sólo por amor a una camiseta.

El 7 de mayo de 1916 cumplió un sueño al debutar en Primera División ante Estudiantes de La Plata, el día de la inauguración oficial del Gasómetro de Avenida La Plata (estadio de los azulgrana). Aunque su fútbol rozó su mayor nivel entre 1919 y 1920. Además de por su calidad, siempre fue muy aclamado por la afición por darlo todo sobre el campo.

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“No lo lamento por mi, sino por mi club que necesita de mis esfuerzos para escalar los puestos que faltan para colocarse San Lorenzo a la cabeza del campeonato, con las tribunas que hemos construido somos el mejor club de Buenos Aires”, declaró un día que no podía jugar al diario “El Telégrafo”.

El 30 de julio de 1922, San Lorenzo se enfrentaba con Estudiantes de Buenos Aires, en la cancha del barrio de Palermo. En este encuentro, ante la lesión de Luis Vaccaro, Jacabo Urso se vio obligado a jugar de mediocentro.

A los diez minutos del segundo tiempo, con 0-0 en el marcador, Jacobo fue a disputar una pelota en el medio campo contra dos rivales, Comolli y Van Kammenade. Sin embargo, sufrió un choque muy fuerte que le hizo quedarse durante varios minutos tendido en el suelo. Al reincorporarse, escupió sangre.

Al ver la gravedad del choque, el entrenador de Urso le animó a que abandonara el terreno de juego. Pero en esa época no existían los cambios y el salir del campo significaba dejar a San Lorenzo con diez jugadores, lo que para Jacobo resultó una ofensa

El centrocampista únicamente bebió un poco de agua y cogió un pañuelo que mordió para soportar mejor el dolor. Tras esto, siguió a lo suyo: dándolo todo para llegar a la victoria

A la media hora de la segunda parte, el pañuelo, blanco impoluto, ya estaba teñido de completamente de rojo por la sangre desprendida por un Jacobo al que el físico le empezaba a fallar. Sin embargo, sacó fuerzas de donde no las había para llegar hasta el fondo del campo y mandar un centro con la zurda que su hermano Antonio cabeceó a la red y que, a la postre, significó el triunfo para San Lorenzo.

Pero Jacobo no pudo celebrarlo, es más, puede que ni tan siquiera llegara a verlo, y es que, tras su asistencia, cayó desfallecido al suelo. Rápidamente fue trasladado al hospital Ramos Mejía, donde confirmaron que tenía una costilla fracturada, completamente hundida e incrustada en un pulmón.

Así, después de dos operaciones y una semana de agonía, el 6 de agosto su corazón dijo basta y tras 107 partidos (en los que anotó 6 goles) puso fin a su trayectoria como jugador de San Lorenzo. En el Gasómetro se erigió entonces un busto de bronce y una placa con su nombre, su fecha de nacimiento, la de su muerte y la de su hazaña hasta que éste fue derribado.

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Hoy en día el museo del San Lorenzo lleva su nombre, al igual que su corazón llevó para siempre marcados el rojo y azul de los “cuervos”. No ganó dinero, pero la gloria del triunfo le marcó para siempre.

  1. septiembre 10, 2009 a las 19:58

    Una historia bastante emotiva, me ha encantado el articulo. Sigue así jeje

    Saludos

  2. septiembre 10, 2009 a las 20:24

    Es una gran historia, con tintes dramaticos. Estas historias enganchan a mucha gente, y me incluyo.

    Saludos!

  3. Julián Matías De Stéfano
    agosto 6, 2013 a las 21:58

    gracias JACOBO de corazón, gracias por dar la vida por el CICLÓn!!! julián de stéfano

  1. septiembre 11, 2009 a las 8:05

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