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Trautmann, el prisionero alemán que acabó caballero de la orden británica

Estamos en navidad. Una de las pocas veces en la que todos pensamos que lo más difícil puede realizarse. La historia de Bert Trautmann no ocurrió en navidad. Sin embargo, ésta tiene todos los ingredientes de esta época del año: el de una pesadilla que acabó transformándose en un cuento de hadas.

Trautmann nació en el seno de una humilde familia germana en una época en la que Alemania se descomponía a grandes pasos. Tanto que con nueve a años tuvo que mendigar en las calles para poderse llevar algo a la boca cada día porque el sueldo de su padre, un trabajador incansable en los muelles de Bremen, no daba para más. Recién acabada la adolescencia, como otros muchos jóvenes alemanes, se presentó voluntario al ejército. Suspendió el examen de intérprete de morse y se hizo paracaidista del ejército nazi.

Su paso por la Luftwaffe no fue nada fácil, puesto que no es sencillo vivir con la cosigna de “o matas o te matan”. De esta manera, en varias veces vio a la muerte a los ojos, ya que cayó prisionero hasta tres veces: primero en la Unión Soviética, de donde pudo escapar. Ya cerca del final de la II Guerra Mundial, fue apresado en Bélgica por tropas estadounidenses, que le dejaron marchar. Fue atrapado por última vez por el ejército inglés, que lo trasladó al campo de prisioneros de Ashton-in-Makerfield.

Allí, obligado por un general escocés, comenzó a jugar al fútbol. En partidos entre prisioneros y equipos amateurs locales, Trautmann comenzó a destacar como un excepcional portero. Al principio jugó de centrocampista, pero una inoportuna lesión hizo que se cambiara el puesto con su compatriota Günther Lühr. Una vez finalizada la contienda bélica, tras la cual lo único que le quedaba de valor era el orgullo, decidió quedarse en Inglaterra. Sus ganas en ayudar a la reconstrucción del país y diversos amoríos, fueron cruciales en la decisión.

Aconsejado por un británico que le había visto buenas maneras de portero, se presentó a unas pruebas del modesto Saint Helens, de regional, con el que comenzó a destacar por sus brillantes actuaciones. Tal fue el caso que los equipos más grandes de país no tardaron en rifárselo. Finalmente acabó en el Manchester City. La razón por la que acabó en los citizens es que pensaba que conforme se iba hacia al norte la gente era más agradable. Pese a ello, la ciudad, en la que había un gran número de judíos, no le recibió de la mejor manera. Unas 40.000 personas se echaron a la calle para criticar el fichaje de un nazi, uno de los tantos que había intentado años atrás destruir el país.

Aunque, con el paso del tiempo, consiguió transformar esos odios y rencores en amor y gratitud. Especialmente por partidos como la final de la FA Cup de 1956. Aquel año no había sido muy feliz para el meta, que había visto como su hijo murió tras ser atropellado. Pero volvamos a la final que se jugó en Wembley. En el minuto 75, Trautmann chocó con un delantero del Birmingham en el cuello. Aún así siguió jugando, pero no de cualquier manera. Y es que el afirma que no veía nada, que actuaba con el subconsciente porque sólo veía niebla. Pese a ello, hizo varias paradas de mérito que ayudaron al City a ganar por 3-1 aquel partido.

Días más tarde, Bert descubrió que tenía el cuello roto y que salvó la vida de milagro, porque por apenas unos centímetros sus vértebras rotas no rompieron su médula. Aquella temporada el portero fue elegido por la asociación de futbolistas mejor del campeonato, primera vez que tal honor recaía en un extranjero. “Bert Trautmann fue el mejor portero contra el que he jugado. Siempre decíamos antes de tirar un penalti o una falta: ‘No mires a la portería si intentas marcar un gol a Bert. Si lo haces, verá tus ojos y leerá tus pensamientos’”, dijo sobre él el mítico Bobby Charlton.

Años más tarde, en 2004, la reina Isabel le nombró Oficial del Imperio Británico por ayudar a demostrar que los ingleses y alemanes podían vivir en paz conjuntamente. Quien se lo iba a decir a aquel paracaídista de la Lufftwafe que fue hecho prisionero que precisamente iba a ser Inglaterra quien le iba a hacer volar más alto: tanto en los terrenos de juego como fuera de ellos.

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  1. diciembre 21, 2010 a las 20:19

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