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La maldición de Arubinha

La superstición es algo que afecta a todos los ámbitos de la vida. Siempre hay alguien que cree en maleficios y el fútbol no es una excepción. En La Medialuna ya contamos las historias deRacing y Quilmes que daban buena fe de ello. Sin embargo, se suele decir que no hay dos sin tres y la maldición de Arubinha, que sucedió mucho antes que las dos anteriores, así lo demuestra.

Para conocer esta historia nos tenemos que trasladar a Brasil, a la fecha del 30 de diciembre de 1937. Aquel día se debían de enfrentar por la noche el Vasco de Gama y el Andaraí en un partido correspondiente al campeonato carioca. El Vasco era uno de los equipos más fuertes del país sudamericano, mientras que su rival, por el contrario, uno de los más flojos. Así pues todo lo que no fuera una goleada a favor de los primeros sería una sorpresa con mayúsculas.

Sin embargo, aquel día llovió de lo lindo. Tanto que el campo en el que se tenía que  disputar el partido parecía más una piscina embarrada que un terreno de juego. Llegó la hora del encuentro y los jugadores del Andaraí se encontraron con una sorpresa: su rival no había llegado al estadio, ni tan siquiera había dado señales de vida. Después de esperar unos minutos de cortesía, el árbitro del choque, Haroldo Dias Motta, se acercó al capitán del Andaraí y le dijo que tenía dos opciones: darles el partido por ganado por incomparecencia del rival o esperar al Vasco de Gama hasta que llegará al campo, cosa que se desconocía cuando iba a suceder.

Entonces se le presentó un gran dilema al Andaraní. Sabían que si jugaban el partido lo más probable es que les cayera una goleada de aúpa y no siempre se presentaba la ocasión de ganar a un grande. Además, estaban en su derecho de reclamar la victoria. Sin embargo, comenzaron a llegar rumores al campo de que los jugadores del Vasco habían sufrido un grave accidente y que varios de sus futbolistas titulares estaban ingresados en un hospital, por lo que andaban buscando a suplentes para que jugaran.

Por ello, el Andaraní finalmente dijo al árbitro que lo más noble y deportivo era esperar al Vasco de Gama. En éstas un jugador del Andaraní, Arubinha, alzó la voz entre sus compañeros y les dijo que si esperaban a su rival lo más justo era pedir al Vasco que no se pasara con ellos. Es decir, que no les humillara con una goleada. Al oír sus palabras, sus compañeros aceptaron el trato.

Pasaron los minutos y, finalmente, el Vasco de Gama llegó al campo. Sin embargo, para sorpresa del Andaraí, ningún futbolista vascaíno parecía lastimado por haber sufrido un accidente y, además, en el campo estaba su once titular habitual. Comenzó el encuentro y el Vasco cumplió con los pronósticos, tanto que se fueron al descanso ganando por 5-0. El Andaraní pensó que en la segunda parte el encuentro sería más relajado y que su rival levantaría el pie del acelerador por pura cortesía, pero no fue así. El Vasco no tuvo compasión alguna y acabó ganando por 12-0.

El Andaraní se sintió, además de humillado, traicionado, como si se hubieran reído en su cara. Tanto que cuando acabó el partido Arubinha gritó desesperado “Si hay un Dios en el cielo que el Vasco no salga campeón en doce años”. No lo decía en broma, pues el extremo era un gran amante de la santería y decidió, días después y de forma clandestina, enterrar un sapo con la boca cosida para que se cumpliera su particular maldición. Comenzaron a pasar los años y, casualmente, el Vasco dejó de ganar trofeos. Así fue hasta que en 1942, después de que los vascaínos no ganaran título alguno pese haber construido unos auténticos equipazos, alguien en el club se acordó de Arubinha, aquel extremo que un día dijo que les había echado una maldición.

Tras hablar con el Presidente del Vasco, Arubinha confesó que había enterrado un sapo en el campo, aunque no dijo el lugar concreto. El Vasco se volvió loco buscando, tanto que su desesperación provocó que en su terreno de juego hubiera más hoyos que en un campo de golf. Sin embargo, nadie encontró el sapo. Finalmente en 1945 se volvió a proclamar campeón, justo once años después de haber ganado su último título. Durante las celebraciones se preguntó a los jugadores sobre la maldición de Arubinha, que no se había cumplido por 12 meses. Sin embargo, los futbolistas negaron dicha afirmación. Dijeron que el maleficio se dio tal y como se había dicho, lo que pasa es que Dios les había hecho un descuento por que se habían dado cuenta de lo mal que se portaron aquella lluviosa noche de 1937 con el modesto Andaraní, un equipo noble y con buen corazón.

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