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Samitier, el primero que utilizó el puente aéreo (Barcelona-Madrid)

Entramos en una semana distinta, diferente. Una semana en la que todo el mundo, al menos en España, parece más excitado de lo normal. Siete días en los que los tópicos van a inundar periódicos, informativos y tertulias hasta hartarnos. La culpa de ello la tiene, nuevamente, el fútbol. Y es que el próximo sábado todos pondrán, al menos, un ojo en el Santiago Bernabéu, donde se enfrentarán Real Madrid y Barcelona. Por ello, esta semana en La Medialuna vamos a repasar la historia de Josep Samitier, el primero que cambió el Barça por el equipo de la capital de España, tanto como jugador como de secretario técnico.

Samitier nació en 1902 en Barcelona, concretamente en el número 198 de la calle Comte d’Urgell, en la barriada Batlló. Un lugar en el que el Barcelona llegó a disponer de un campo en el que jugaba sus partidos. Por ello, desde pequeño Samitier tenía claro que su sueño era jugar en el Barça. De hecho, muchas veces se escapaba a ver entrenar al conjunto azulgrana y al que era su ídolo: Paulino Alcántara. Un día hablando con él éste le dijo “tú serás futbolista”.

El filipino no se equivocó con su profecía, pues con 16 años Josep firmó por el Barcelona haciendo así realidad su sueño. Su incorporación al conjunto azulgrana también le supuso a Samitier un cambio de estatus, pues pasó de compatibilizar el fútbol con un trabajo de lampista, ya que entonces no existía el profesionalismo, a ser empleado en una tienda de confección de sombreros. Además, el Barça  también le regaló un traje con chaleco y un reloj con esfera luminosa.

Samitier destacaba por la gran calidad técnica que poseía. De hecho, aquellos que le vieron jugar le bautizaron como “el mago” por la habilidad que tenía para que los rivales no vieran el balón cuando éste pasaba por sus botas. Precisamente por esto, el entrenador del Barcelona en aquella época, Jack Greenwell, lo ponía de centrocampista para que  los toscos y duros defensas rivales no le acribillaran a patadas y acabaran con su magia. Sin embargo, Samitier siempre tuvo alma de delantero, de estilete. Por ello, una vez se había retirado Paulino Alcántara, pidió jugar él en el área y los técnicos blaugranas accedieron a su petición.

No se equivocaron con su decisión, pues Samitier se convirtió en el mejor delantero de la época levantando la admiración de todos los que le veían jugar. Tanto fue así que hasta Carlos Gardel le dedicó un tango. El ariete vivía un romance con el gol que le llevó a marcar 326 goles con la camiseta del Barça. La cifra podía haber sido mucho mayor, pero en 1933 decidió que su etapa en el club de la Ciudad Condal había terminado tras mantener unas discrepancias con la directiva de la entidad por motivos económicos.

Ahí fue cuando apareció la figura de Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid, dispuesto a pescar en río revuelto y dar un gran golpe a su eterno rival. Bernabéu ofreció al delantero un contrato por el que le iba a pagar 15.000 pesetas (90 euros) al año y Samitier puso rumbo a Chamartín. Sin embargo, la etapa blanca del antaño ídolo del Barça no resultó tan prolífica y pasó por la capital de España sin pena ni gloria.

Años más tarde, una vez que ya había colgado las botas, en 1944, Josep regresó al Barcelona, pero esta vez para desempeñar las funciones de entrenador. Una labor en la que tuvo un gran éxito, pues en 1945 logró que los azulgranas se proclamaran campeones de Liga, algo que no sucedía desde el lejano 1929.  En 1947 dejó el banquillo para ocupar el cargo de secretario técnico del club, una  función en la que volvió a dejar huella, pues fue el responsable del fichaje de Ladislao Kubala, uno de los más importantes de la historia del Barça.     

Sin embargo, en 1947 el Real Madrid, de nuevo de la mano de Santiago Bernabéu, se volvió a cruzar en su camino y dejó Barcelona por la capital de España para ejercer en el club blanco de secretario técnico. Aunque, nuevamente, su paso por Concha Espina no resultó muy prolífico y en 1962 regresó al Barcelona, donde permaneció como asesor técnico hasta su muerte.

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