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La epopeya del Calais

España vive ahora sucumbida bajo la épica del Mirandés, el equipo de Segunda B que ha logrado meterse en las semifinales de la Copa del Rey. Es, como el que ya recordamos del Figueres, un caso asombroso. Sin embargo, no es el más espectacular, al menos por ahora, que se haya dado en el planeta fútbol. Y es que el caso del Calais francés en el 2000 fue mucho más llamativo. Logró ser el más grande de todos los modestos porque hizo modestos a todos los grandes.

Todos conocemos al típico equipo de nuestra ciudad o pueblo que junta cada fin de semana a unos cuantos jóvenes de la localidad que ni de lejos se ganan la vida con el fútbol pero que disfrutan jugando en las categorías más bajas de nuestro país. El Calais era un conjunto que entra dentro de este estilo. Jugaba en la cuarta división gala y en su plantilla reunía profesionales de todo tipo: desde bomberos hasta policías, pasando por profesores y recepcionistas. En el banquillo estaban dirigidos por Ladislao Lozano, un español que se ganaba la vida en Francia como funcionario. Precisamente por sus compromisos laborales apenas podían entrenar dos o tres veces por semana.

Sin embargo, al partido liguero del fin de semana nunca fallaban, siempre estaban todos dispuestos a dar el máximo de cada uno. Una de las motivaciones que movía al equipo era jugar la Copa, en la que las escuadras amateurs como la  suya podían competir con el sueño de algún día poder enfrentarse a algún equipo de la Ligue 1 (Primera División). Aunque esto parecía un tanto difícil, ya que los equipos de superior categoría iniciaban el torneo unas rondas más tarde y para entonces ya pocos equipos semiprofesionales quedaban “vivos”.

Aun así, siempre se ha dicho que hay que tener cuidado con lo que uno sueña porque a lo mejor se puede convertir realidad.  Al Calais le pasó. Después de dejar en la cuneta los sueños de otros conjuntos similares al suyo, lograron llegar a treintaidosavos de final y verse las caras con el Lille, de la Segunda División, al que, para sorpresa de todos, eliminaron en la tanda de penalties. No fue ésa la única vez que la suerte les sonrió en la tanda desde los once metros, ya que al Cannes, también de la División de Plata, le dejaron fuera de esta manera en los octavos de final.

De este modo, lograron hacer historia. Parecía increíble que un equipo como el suyo se hubiera clasificado para los cuartos de final, donde ya sí se verían las caras con un conjunto de la Ligue 1: el Estrasburgo. Sin embargo, su leyenda no había hecho más que empezar, puesto que lograron la gesta de doblegar al Estrasburgo por 1-2 y se metieron en semis. Televisiones, radios y periódicos no dejaron entonces de hablar del Calais y su historia, en la que David siempre vencía a Goliat. La clave de su éxito estaba en pensar que su adversario era tan humano como ellos.”Si no lo haces, estás acabado”, dijo Lozano en una de las múltiples entrevistas que concedió aquellos días. Y es que al técnico tenía claro que en semifinales, pese a que se iba a tener que cruzar con alguno de los más grandes del país, no había que tener miedo: “¿Que qué pensaré cuando tengamos que enfrentarnos al Mónaco, al Burdeos o al Nantes? Que nosotros contamos también con 11 jugadores y que todos ellos tienen una cabeza, dos piernas y dos brazos. Físicamente, no tenemos nada que envidiarles. Son mejores en técnica, pero mentalmente somos superiores y, por supuesto, que podemos ganarles”.

Sus jugadores captaron perfectamente el mensaje, pues siguieron escribiendo nuevos reglones en la historia del fútbol francés en las semifinales, donde lograron la hazaña de eliminar al Girondins de Burdeos, que era el actual campeón de Liga. La alegría se desbordó entonces. Tanto que el técnico, Ladislao, aquella misma noche sufrió una arritmia cardíaca que le hizo pasar la noche en el hospital. Y es que al español no le habían regalado nunca nada y había visto en el fútbol una válvula de escape de la triste rutina diaria: “Mi vida no ha sido nunca fácil y estas gentes del norte, no sé si debido al clima, a la lluvia y al viento, son duras. Cuando ejerzo de entrenador, yo no busco que me quieran, sino que me respeten; mis jugadores tienen hoy en mí una confianza ciega”.

En la final tocaba verse las caras con el Nantes, pese a que los jugadores preferían que el rival hubiera sido el Mónaco, ya que así hubieran obtenido sin la necesidad de ganar el pase automático a la Copa de la UEFA. Sin embargo, tampoco los futbolistas debían quejarse, habían logrado que toda Francia, menos los hinchas del Nantes, fuera con ellos en la final que se iba a jugar en un marco incomparable: Saint Denis, donde dos años antes se había disputado la final del Mundial. Algo que ninguno hubiera podido imaginar al principio de temporada: su sueño era realidad.

Y éste comenzó de una manera magnífica, pues el Calais logró adelantarse en la primera mitad. La gesta parecía más cerca. Sin embargo, el destino le tenía reservado un guiño bastante cruel. El Nantes logró empatar el partido en el segundo periodo y un penalti, un tanto dudoso, le dio el triunfo en el minuto 90. De hecho, Alain Caveglia cuando transformó la pena máxima no lo celebró de manera efusiva, como en señal de respeto para un equipo que había nadado tanto para ahogarse cuando ya pisaba la orilla. Es más, en un gesto muy noble, el capitán del Nantes pidió al del Calais que se uniera a él cuando le entregaran el trofeo y levantar así la Copa juntos.

La escena aún es recordada en Francia. Sin embargo, el Calais no aprovechó su momento de gloria y como a toda cenicienta le dio las doce y hoy vaga sin pena ni gloria por la quinta división gala. En 2008, el club inauguró su nuevo estadio al que bautizó como Stade de l’Épopée (Estadio de la Epopeya), para que nadie se olvide de que el Calais hubo un día que fue el más grande de todos los modestos porque hizo modestos a todos los grandes.

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