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La tragedia de Lima

Durante estos días los Juegos Olímpicos van a copar toda la atención deportiva. Es cierto que el fútbol no es el ‘rey’ de esta cita, pero también tiene su cuota de protagonismo. Tanto que son multitud los países que verán el torneo por televisión y  hubieran deseado clasificarse para el campeonato de balompié. Y es que el fervor por ver a tú país disputar unos Juegos que si no se clasifica puede traer esa eliminación consigo el peor de todos los hechos. La tragedia de Lima de 1964 fue un ejemplo de ello. 
 
En mayo de dicho año se disputó en Perú el torneo preolímpico en Sudamérica. La gran recompensa que ofrecía este campeonato es que de él iban a salir los dos países que iban a obtener su billete para los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964.
 
Se llegó a la ultima jornada del preolímpico y en ella había un partido que destacaba por encima de los demás: el Perú-Argentina. Tras un gran campeonato, a los locales les valía un empate para obtener el pase a la cita olímpica, mientras que su rival con una victoria se aseguraba el primer puesto.

La expectación que había en Lima, ciudad en la que se iba a disputar el encuentro, fue máxima. Tanto que cuando había 45.000 personas la policía ordenó que se cerraran las puertas del estadio para que no entrara nadie más, para que no hubiera una gran masificación en las gradas. Decisión que más adelante sería mortal.
 
Comenzó el partido y a Perú se le notaron los nervios de quién se sabe que está a las puertas de lograr algo muy grande pero no está acostumbrado a la presión que supone el alcanzar un objetivo así. Por ello, Argentina aprovechó esos nervios para adelantarse en el marcador.
 
El tanto cayó como un jarrón de agua fría entre los espectadores. Sin embargo, el equipo peruano no se vino abajo. Tanto fue así que a poco del final lograron el gol del empate, que a la postre les concedía el pase a Tokio. Sin embargo, el árbitro uruguayo Ángel Eduardo Payos decidió anularlo.

Fue entonces cuando el estadio se revolucionó. Un energúmeno llamado “El negro bomba” saltó al campo para intentar agredir al colegiado, pero los agentes de policía lo evitaron. En ese momento Payos decidió suspender los pocos minutos que le quedaban al partido por entender que no se podía asegurar la seguridad de las personas que integraban el terreno de juego.
 
Esa acción provocó que el público se encolerizara hasta límites insospechados, pues veían como ahí se les escapaba la oportunidad de poder jugar unos Juegos Olímpicos. Los hinchas comenzaron a tirar de todo al campo y a hacer amagos de querer saltar al terreno de juego. Fue ahí cuando Jorge de Azambuja, comandante de policía, ordenó que se tirara al público gases lacrimógenos para así evitar que el público invadiera el terreno de juego.
 
El campo, abarratado, comenzó a moverse para coger algo de oxígeno y muchos pensaron lo mismo: hay que salir del estadio. Sin embargo, las puertas del público estaban cerradas y se originaron varias avalanchas que tuvieron el peor de los resultados: 340 personas fallecieron y 500 fueron heridas, según cifras oficiales.
 
El relato de los hechos por parte del periodista Mauricio Gil en ‘El Comercio de Perú’ al día siguiente resulta sobre cogedor: “El aire se agota. Los pulmones se encogen. Las costillas se quiebran. La avalancha humana transformó el miedo en histeria al toparse con las puertas cerradas. Obstáculos de metal que sólo se abrían hacia dentro y que concluían las escaleras, el descenso hacia la muerte. La masa es un río de gritos y pánico: incontenible e ignorante arrasa con las personas que tropiezan y caen bajo los pisotones. No había forma de retroceder, ascender ante la ruta equivocada de escape o escalar hacia la tribuna, donde a pesar de los gases tóxicos había libertad y no esa prisión de cuerpos apretándose, asfixiándose, matándose. La presión de los que se unían a la cascada de personas hacía imposible huir. La tragedia del Estadio Nacional debía ser consumada”.
 
Muchos peruanos mantienen que hubo muchas más muertes y que no todas llegaron por asfixia, sino que también se oyeron disparos. Algo tan siniestro como el informe que presentó un mes después el juez Benjamín Castañeda, quien estuvo a cargo de la investigación, que concluyó que hubo “una siniestra conjura para avasallar al pueblo con un trasfondo que debe ser investigado”. Siete años más tarde el gobierno peruano anuló este informe  y declaró como culpable de los hechos a De Azambuja.
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