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Miguel Hernández, el gran olvidado de los Juegos

El próximo ocho de agosto el fútbol español estará de fiesta. En medio de un clima de decepción y lamento, se cumplen 20 años del oro que consiguió la selección español en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92. A la hora de hablar de aquel triunfo a la mayoría se le vienen a la cabeza los nombres de jugadores que en aquella cita comenzaron a labrar una carrera importante dentro del mundo de fútbol. Es el caso de los Guardiola, Luis Enrique, Alfonso , Kiko o Cañizares, por poner unos ejemplos.
 
Sin embargo, pocos se acuerdan de aquellos que vivieron en aquella cita el mayor momento de gloria de su carrera y cuyo recuerdo cayó en los más profundo del olvido una vez concluyó la cita olímpica. Un claro ejemplo de ello es Miguel Hernández, futbolista que en aquella época jugaba en el Rayo Vallecano y que una vez finalizados los Juegos el foco mediático se ha alejado de él. Tanto que ahora trabaja de profesor.
 
Hernández comenzó su carrera en el Galáctico Pegaso, histórico equipo madrileño que entonces jugaba en el grupo VII de la Tercera División. En el verano de 1990 el Rayo Vallecano se fijó en él y se hizo con sus servicios. Con el equipo de la franja roja fue un fijo desde el primer partido. Tanto que, pese a jugar en Segunda División, Vicente Miera no dudó en convocarle para los Juegos Olímpicos.
 
Sin embargo, en  Barcelona 92 las oportunidades brillaron por su ausencia. Pese a ello, tras la cita olímpica cumplió otro gran sueño: jugar en Primera División. No lo hizo del todo mal, ya que después de que el Rayo descendiera a Segunda en el verano de 1994, el Espanyol decidió ficharlo debido a la insistencia que puso José Antonio Camacho en su contratación.
 
Pese a ello, de nuevo Barcelona no le dio muchas alegrías, ya que la mayor parte de su estancia en el Espanyol se la pasó lesionado. Así en el mercado  de invierno de la temporada 96/97 recaló en el Salamanca, que jugaba en Segunda. En el conjunto charro jugó de titular los seis primeros partidos desde su llegada. Sin embargo, inexplicablemente desapareció de las alineaciones.
 
Por ello, en el verano fichó por el Lleida, también de la categoría de plata. Allí jugó de manera más asidua. Pese a esto, abandonó el conjunto leridano la siguiente temporada para jugar en el Terrasa, de Segunda ‘B’. Allí sólo militó una temporada, ya que en el verano de 1999 decidió colgar las botas con a penas 29 años lastrado por las lesiones y con la sensación de no haber sido capaz todas las expectativas que levantó cuando fue convocado por sorpresa para los Juegos Olímpico del 92 pese a jugar en la Segunda División. Ahora está alejado, bastante, de todo el foco mediático y es profesor de un instituto.
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