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Emery, el primer portero que tuvo que recoger un balón de su red

abril 30, 2012 2 comentarios

Si comienzo este post diciendo que voy a hablar de Emery, a buen seguro que la mayoría se pensará que en las siguientes líneas se va a escribir sobre Unai, el actual técnico del Valencia. Sin embargo, esto no es así, al menos en parte. Y es que el entrenador vasco proviene de una familia con gran tradición y prestigio futbolero. Uno de los que comenzó la saga de los Emery fue Antonio, portero que pasó a la historia, entre otras cosas, por ser el primero en encajar un gol en la Liga.

Antonio Emery nació en 1905 en Irún y desarrolló su carrera en el equipo de la misma localidad: el Real Unión. Antonio comenzó a jugar al fútbol en una época en la que el conocido como ‘deporte rey’ se comenzó a extender por España y en la que los partiods eran más puros que ahora: pues lo único que buscaban los futbolistas era la gloria que otorgaba la victoria.

La carrera Emery tuvo un momento clave: la lesión de Muguruza, guardameta del Real Unión. Entonces él jugaba de extremo izquierdo y el entrenador del equipo le propuso que retrasara su posición hasta la portería para suplir a su compañero. Una decisión que, en un principio, pareció un tanto arriesgada debido a que Antonio apenas contaba con metro 70 de estatura. Vamos, que no era ningún gigante.

Sin embargo, la apuesta le salió bien al técnico, pues Emery dejó boquiabiertos a todos con su agilidad bajo los palos. Tanto que no volvió a jugar nunca más como futbolista de campo e hizo de la portería su hábitat natural. Allí vivió la época más gloriosa del club, en la que logró ganar dos Copas del Rey, una, ni más ni menos que contra todo un Real Madrid.

Además cuenta con el dudoso honor de ser el primer portero que tuvo que recoger el balón de su portería después de que Pitu Prat, del Espanyol, le marcara el primer gol de la historia de la Liga. Pese a ello, este detalle no impidió que fuera uno de los porteros más aclamados de la época. Tanto que innumerables ocasiones se pidió que fuera él el que defendiera la portería de la selección española.

La burocracia de aquel entonces, ‘burrocracia’ quedaría mejor dicho, impidió que lo hiciera, ya que su padre era francés y la ley no lo permitía por no considerarle “100% español”. Para cuando se derogó la ley apareció un coloso llamado Ricardo Zamora que acabó definitivamente con todas sus ilusiones por jugar con la ‘Roja’.

Antonio fue apodado como ‘Pajarito Emery’. Su hijo Juan, padre del actual entrenador del Valencia, pensó que era por cómo volaba a por cada balón que iba a sus dominios, pero se sorprendió al saber que era porque cuando Antonio debutó en Santander dijo que por jugar aquel partido había dejado de ir a una merienda de pajaritos.

Pese a su fama, Antonio Emery en toda su carrera sólo gano 550 pesetas, algo más de tres euros, porque con lo que realmente se ganaba la vida era trabajando en el ferrocarril. Y es que en aquella época el fútbol era más puro, no había amor al dinero, sólo a la pelota.

Adelaida, la nonna que hizo grande a Zoff

abril 6, 2010 2 comentarios

Hablar de Dino Zoff es hacerlo de una leyenda bajo los palos. El italiano marcó una época defendiendo la meta de Italia y de la Juventus. Tanto que está considerado, junto a otros mitos como Lev Yashin, Ricardo Zamora y Gordon Banks, como uno de los grandes guardametas de toda la historia. Sin embargo, el secreto de su éxito no estuvo ni en sus manos ni en sus botas, sino en su abuela Adelaida. 

La nonna era una campesina de la región italiana del Friuli y una persona muy sabia. Su nieto, en cambio, solo tenía una cosa en la cabeza: el fútbol. Sin embargo, pese a apuntar maneras en su juventud, el pequeño Zoff se llevó un gran desencanto en sus inicios porque fue rechazado por el Inter y la Juventus debido a que no llegaba al metro setenta. Entonces Dino decidió echar mano de la sapiencia de su abuela para solucionar el problema de su estatura, si es que éste lo tenía.

Al conocer la situación, Adelaida no vaciló y decidió desempolvar una receta que únicamente conocían los más viejos del lugar y que tenía muchos años. Así ni corta ni perezosa comenzó a dar a Zoff ocho huevos diarios. El experimento, que parecía que tenía más posibilidades de acabar con las arterias de Zoff que otra cosa, surtió efecto y el pequeño portero creció cerca de veinte centímetros. Lo suficiente para sobrepasar el metro ochenta y pasar una prueba con el Udinese, que le sirvió de trampolín hasta el estrellato. La carrera de Zoff como jugador terminó a los 41 años, y pensar que fueron unos huevos los que evitaran que se perdiera en las categorías inferiores con menos de veinte…..

Robert Enke, el miedo al fracaso y el amor a una vida

noviembre 16, 2009 2 comentarios

El medio al fracaso alguna vez ha atenazado a todo ser vivo que se precie. Pasando por el más indeciso hasta el más seguro, todos en algún momento de nuestra vida nos hemos visto amenazados por las dudas de no poder lograr el objetivo propuesto o, simplemente, superados por el éxito que pretendíamos alcanzar. Sin embargo, el problema no está aquí. La situación comienza a ser grave cuando el miedo al fracaso te domina y te gana la partida. Un ejemplo de ello es Robert Enke, quien dijo adiós con el éxito ya en la mano pero con el miedo a un mayor golpe de fracasar todavía en la mente.

Enke nació en la antigua RDA y nunca copó las portadas de los periódicos como principal protagonista, aunque tampoco lo buscó. Únicamente quería disfrutar de la vida y el fútbol. Tras unos inicios un tanto complicados, el meta logró fichar por el Barcelona en verano de 2002 después de muchos años de trabajo en los que pasó por el Benfica, Borussia Mönchengladbach y el Carl Zeiss Jena. Sin embargo, el alemán no sabía que en ese momento había comenzado el inicio de su fin.

Enke era una persona muy disciplinada y, como todos, ambicionaba el éxito. Sin embargo, cualquier detalle, por mínimo que fuera, que desviaba algo el camino hacia la ansiada cima era un golpe para el meta. Así, en plenas negociaciones con el Barça, hubo un momento en el que las relaciones estuvieron casi rotas y, con ellas, frustrada su llegada al Camp Nou. La posibilidad de que finalmente se viera trabada su llegada a uno de los grandes de Europa comenzó a asolar a un Enke  que no paraba de preguntarse por qué se había llegado a ese punto. Qué era lo que había hecho él mal. El miedo al fracaso comenzó a pasar por su puerta y consigo trajo los indicios de una depresión que acabaría con su vida. 

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Aunque, como ya he comentado antes, finalmente Robert logró recalar en la Ciudad Condal en el verano de 2002. Tras una pretemporada en la que disputó por hacerse con la portería blaugrana junto con Roberto Bonano y Víctor Valdés, Louis Van Gaal decidió alinear como titular, contra todo pronóstico, al jovencísimo Valdés dejando a Enke en el banquillo y a Bonano en la grada. Para el alemán esto no fue más que otro duro revés que comenzaba a quebrantar su confianza. Sin embargo, el portero tenía la Copa para demostrar que era lo suficientemente válido como para ser titular en aquel equipo.

La primera eliminatoria del torneo del ko, a partido único, deparó el enfrentamiento del Barcelona con el débil Novelda de 2ªB. Pero lo que en un principio parecía un trámite se convirtió en una pesadilla. Tres goles de Madrigal dieron el triunfo por 3-2 al Novelda y dejaron fuera de la competición al Barça. Entonces Van Gaal le puso la cruz y apenas volvió a contar con él. Tanto que Bonano, en un principio tercer portero, acabó haciéndose con la titularidad.

En enero de 2003, Van Gaal fue cesado y su lugar en el club lo ocupó Radomir Antic. Sin embargo, el serbio prefirió seguir contando Bonano. Aun así una expulsión propició que el alemán pudiera demostrar a Antic que verdaderamente servía para el Barcelona. Pero no aprovechó el guiño que le hizo el destino y, tras encajar dos goles contra Osasuna, Radomir también le puso la cruz y acabó la temporada en la grada. Algo que no hizo más que hundir a Enke.

En verano de 2003, el Barça le comunicó que no contaba con él y tuvo que hacer las maletas rumbo al Fenerbahçe. Pero en Turquía no hizo que languidecerse aún más y su depresión no hacía más que aumentar. Cada balón que se le acercaba a su portería era una auténtica pesadilla. ¿Sería capaz de atraparlo? ¿Si le encajaban un gol significaba que ya no servía para el fútbol? ¿el no triunfar significaba que era un fracasado?

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Pese a ello, Enke comenzó a recuperar la sonrisa en enero de 2004, cuando fue cedido por el Barcelona al Tenerife. En Canarias, además, el meta llegó a afirmar que allí había encontrado verdaderos amigos, no como en su época en el Barça. Esta experiencia fue clave en su  recuperación, pues tras dejar el conjunto chicharrero firmó en junio por el Hannover 96, donde relanzó su carrera. Tanto que llegó a ser convocado por la selección alemana y se rumoreó con su fichaje por el Bayern de Munich.

Sin embargo, la diosa fortuna, siempre tan caprichosa, le volvió a golpear justo cuando mejor se encontraba. Y es que hace tres años su hija Lara, de dos años de edad, murió como consecuencia de una dolencia cardiaca congénita. Este hecho hizo que el fantasma del fracaso volviera a aparecer en la vida de Enke. ¿Qué es lo que había hecho mal? ¿Por qué era tan cruel el destino con él?, se preguntaba una y otra vez el teutón. Este hecho hizo que cada gol que encajaba se convirtiera en una odisea para él, pues significaba que seguía fracasando. Además, cada mañana la pérdida de la pequeña Lara parecía más insuperable Aun así delante de los amigos parecía estar bien y nadie hacía presagiar su trágico final, pese a que por dentro estaba totalmente destrozado. Así hasta que llegó un momento que dijo basta y no le quedaron más fuerzas que para escribir una carta y poner punto y final a una vida en busca de otra en la que sabía que el fracaso nunca le volvería a amenazar: la de Lara. DEP

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Barbosa, “O goleiro maldito”

octubre 26, 2009 2 comentarios

Aquellos que piensan que el fútbol no es más que un mero deporte o una simple distracción para tener a la sociedad contenta es que no conocen la historia de Moacir Barbosa. Un hombre que durante toda su vida fue condenado por la sociedad brasileña. Su pecado: haber encajado un gol.

El Mundial de 1950 disputado en Brasil tenía un claro favorito y ése no era otro que el conjunto anfitrión. Barbosa, Augusto, Juvenal, Bauer, Danilo, Bigode, Friaça, Zizinho, Ademir, Jair y Chico conformaban un once que parecía predestinado a hacer historia y levantar la Copa del Mundo. El campeonato en aquellos años no se disputaba como en la actualidad y el título se disputaba entre el mejor de una liguilla de cuatro.

A Brasil, después de haber goleado a España e Inglaterra, le valía un empate en la última jornada contra Uruguay para proclamarse campeón, algo que parecía sencillo. 173.850 personas fueron a Maracaná a ver el decisivo partido contra los charrúas. El encuentro transcurría con empate a uno –resultado que le valía a Brasil- hasta que a falta de diez minutos para la conclusión llegó la tragedia.

Ghigia batió a Barbosa y estableció el 1-2 en el marcador, que a la postre no se movería y dio el título a Uruguay. La derrota sumió a Brasil en una decepción inexplicable que llevo, incluso, a cientos de personas a suicidarse. Lo único que aprendió la afición de esa derrota es que tenía un culpable: Barbosa, al que bautizaron como “O goleiro maldito”.

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A partir de entonces el meta, de los mejores que ha dado Brasil a lo largo de toda su historia, fue duramente criticado por la prensa y la sociedad comenzó a hacerle el peor desprecio que se le puede hacer a una persona: el vacío. Allá por donde fuera Barbosa era señalado con el dedo, no se paraba de hablar a sus espaldas y la gente tenía miedo de tener contacto con él para que no les gafara.

De hecho, durante el Mundial de 1994 se acercó al hotel en el que se concentraba la selección brasileña y fue expulsado por un  directivo de la Confederación de fútbol del país al enterarse de la noticia. “Llévense de aquí a este señor, trae mala suerte”, le dijeron a los guardias.

De hecho, antes de su muerte, Barbosa confesó que un día en la década de los ochenta comprando en un supermercado una señora se le quedó señalando mientras le decía a su hijo: “Mira ese fue el hombre que hizo llorar a todo un país”. Moacir no lograba entender el por qué de esos comentarios cuando había pasado tanto tiempo desde la final del 50 y llegó a pensar que vivía en una cárcel: “En Brasil la pena que la ley establece por matar a alguien es de 30 años. Están por cumplirse 50 de aquella final y yo sigo encarcelado: la gente todavía dice que soy el culpable. Si no hubiera aprendido a contenerme cada vez que la gente me reprochaba lo del gol, habría terminado en la cárcel o en el cementerio hace mucho tiempo”.

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Finalmente, murió a los 73 años en abril de 2000 con la sensación de nunca haber recibido un perdón por parte de que aquellos que tanto le maltrataron con sus comentarios. Sus últimos días los pasó trabajando como empleado de mantenimiento en Maracaná, se encargaba del buen estado del césped. Con el paso de los años se decidió cambiar las porterías y Barbosa pidió aquella en la que le Ghigia le condenó para el resto de su vida.

Hay quien comenta que lo hizo para volver a jugar dicho partido en el cielo, atajar el balón que entonces no pudo y recuperar así una sonrisa a la fue condenado a renunciar por lágrimas hasta el fin de sus días.