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La última lección del Vicente Calderón

El post de esta semana va a ser diferente a los que suelo publicar en el blog, ya que va a ser mucho más personal de los que suelo escribir por aquí habitualmente. Fui uno de los 50.000 afortunados que el pasado miércoles pudo disfrutar de la última noche europea y, posiblemente, también última gran velada del Vicente Calderón. En una fecha tan única creo que todos los que estuvimos allí tenemos una historia que contar y, por ello, si gustas, voy a proceder a contar la mía.

Que todo el estadio una vez acabado el partido, y con el Atlético eliminado, merece la pena resaltar esto último, se quedará cantando el himno rojiblanco no fue casualidad, fue la última gran lección que dio el estadio a su parroquia para que no se le olvide en el Nuevo Metropolitano, me niego a llamarle Wanda y menos si no hay trinque de por medio.

Los duelos que llevan enfrentando en los últimos años al Real Madrid y el Atleti en Champions me han hecho recordar la película ‘La máquina del tiempo’. En ella, el científico e inventor Alexander Hartdegen anda obsesionado con los viajes en el tiempo. Una circunstancia que se agudiza cuando ve morir a su novia en sus brazos.

Es entonces cuando decide dedicar el 100% de su tiempo e ingenio en crear una máquina con la que regresar al pasado y salvar a su amada de su trágico destino. Su tenacidad da sus frutos y logra montar la máquina con la que poder viajar al pasado. Sin embargo, no consigue el objetivo de cambiar todo y que su novia escape de la muerte.

Viaja más de 1000 veces y en todas ellas cuando le salva de un peligro de repente aparece otro que acaba con la muerte de la chica. Y así en bucle: una y otra vez. Para mí el Atlético es como Hartdengen, un equipo apasionado y trabajador pero que vive, o al menos hasta este miércoles vivía, con una obsesión que no le deja vivir: derrotar a su máximo enemigo en la Champions.

Al igual que cuando Alexander viaja al pasado a tratar de evitar el fatal desenlace de su amor, siempre que el Atleti intenta cambiar su destino contra los blancos le pasa algo que le hace acabar como las anteriores ocasiones: el gol de Ramos en Lisboa, el tanto de Chicharito con el tiempo cumplido, el penalti de Juanfran en Milán…

El partido del pasado miércoles parecía el definitivo para acabar con eso. Con 2-0 en el marcador y el descanso al caer, todo hacía indicar que los colchoneros estaban ante su gran oportunidad de poder escapar del destino final de ser eliminado, otra vez, por su eterno rival. Sin embargo, una genialidad de Benzema esfumó las ilusiones rojiblancas y nuevamente no se podía escapar de la tragedia.

En la película, al final, y lo siento por el spoiler, Alexander se da cuenta que no merece la pena vivir obsesionado con el pasado y que vale la pena de disfrutar y luchar por el presente y futuro. Algo parecido ocurrió en el desenlace de la noche del pasado miércoles.

Antes de que concluyera el choque, todos los presentes en el estadio pudimos ver como una ráfaga de agua se avecinaba sobre nosotros y, de repente, el agua se desplomó.

Puede que fuera Neptuno o el embrujo de la noche, no sé, pero ese agua tuvo algo de magia, algo de especial. A los pocos segundos de comenzar a diluviar el árbitro pitó el final del partido y la grada colchonera, en lugar de llorar el cruel camino que de nuevo les había deparado la Champions, comenzó a saltar y cantar como si nada hubiese pasado…..o sí.

Probablemente, como el científico de la película, aprendieron cuál es su auténtico objetivo. La Champions si tiene que llegar, que llegará en algún momento, lo hará, pero mientras vale más la pena de disfrutar de lo logrado que perder el tiempo en llorar por lo no conseguido; porque ese recuerdo te va a quedar para siempre y no se le puede reprochar nada al que todo lo da.

Que nadie se confunda, eso no quiere decir que el Atleti sea conformista o carezca de ambición. La última lección que dejó el Calderón a los suyos fue todo lo contrario. Lucha por todo, cree en lo imposible, pero nunca renuncies a ser tú mismo porque en ese momento habrás perdido seguramente algo más importante que un título o un partido: tu identidad. Y si tiene que llover, ¡qué diantres! ¡qué llueva!